Stella Maris Sánchez dedica su vida al cuidado de animales abandonados en San Miguel de Tucumán. Junto a otros vecinos, impulsa refugios, promueve la castración y reclama sanciones más duras contra el maltrato animal.

En la plaza San Martín, en pleno Barrio Sur de San Miguel de Tucumán, la solidaridad tiene nombre propio: Stella Maris Sánchez. Desde hace años, esta vecina se convirtió en una referente del cuidado de perros callejeros, una tarea que lleva adelante junto a un grupo de vecinos comprometidos con el bienestar animal.
Su historia con los animales comenzó desde muy temprana edad. Según relata, el amor y la protección hacia ellos fue una constante en cada lugar donde vivió. Hoy, ese compromiso se traduce en acciones concretas: organizar turnos para alimentar a los perros, mantener pequeñas casitas-refugio y acompañar procesos de recuperación hasta lograr que los animales consigan una familia.
El trabajo no es sencillo. Sin recibir aportes económicos formales, Stella se las ingenia para sostener la iniciativa mediante rifas y la colaboración ocasional de personas solidarias. Además del resguardo diario, también impulsa la castración como herramienta clave para controlar la población animal y evitar el abandono.
En ese sentido, la vecina fue clara al plantear la necesidad de políticas más firmes: considera que deberían aplicarse multas severas a quienes maltraten o abandonen animales. Para ella, la problemática no puede abordarse sin un compromiso real tanto de la sociedad como del Estado.
Sobre la relación con las autoridades, Stella marcó una diferencia entre gestiones. Aseguró que anteriormente no recibía apoyo e incluso sufrían la remoción de las casitas que instalaban para los perros. En cambio, destacó que en la actualidad cuenta con el acompañamiento de la Patrulla de Protección Ciudadana, cuyos agentes la mantienen informada sobre lo que sucede en la plaza cuando ella no está presente.
Más allá de las dificultades, su vocación permanece intacta. Día a día, Stella Maris Sánchez demuestra que el compromiso individual, cuando se sostiene en el tiempo y se comparte con otros, puede generar un impacto real en la comunidad y, sobre todo, en la vida de quienes más lo necesitan: los animales sin hogar.